Nº.5, marzo de 2007


¿Existió el Molière dramaturgo?
Enrique Olmos de Ita
15/03/2007



La confusa vida y muerte de un cómico o las lecciones de un dramaturguista

Jean-Baptiste Poquelin, más conocido como Molière, puede considerarse como la cima de la comedia clásica en Francia y de la commedia dell’arte adaptada a las formas convencionales del teatro francés (y que el teatro occidental adoptó como universales), para lo que unificó la sonoridad, ciertas formas coreográficas (hasta entonces inéditas) y sobre todo un texto que atendía las necesidades dramáticas de los figurantes en la escena; en algunos casos, más que un dramaturgo, Molière fue un dramaturguista. Privilegió casi siempre los recursos cómicos, y fijó temáticamente el drama en la hipocresía de su tiempo mediante la ironía que traspasaba hasta la insolente crítica. Dramaturgo y actor (muchas biografías pasan por alto su profesión cómica), destacó, ante todo, por su sagacidad a la hora de crear caracteres vivos y reales.

Molière Sin embargo, la muerte de Molière, ocurrida en febrero de 1673, ha desvelado los afanes de críticos e investigadores hasta la confusión histórica y el mito, no sólo por las circunstancias de su muerte, sino por la afectación de su obra en la sociedad francesa, así como su figura dramática. El primer dato (de su muerte) dice que falleció el día 12 de febrero (pero fue enterrado hasta el día 17, por órdenes de la Iglesia católica que consideraba la profesión de cómico inmoral, y fue necesaria la intervención del rey, aún así el actor fue sepultado de noche), aunque lo común es recordar la muerte del dramaturgo el día 17 de febrero. La fecha es lo de menos, puesto que la tesis histórica –sobrevaluada después de la revolución francesa y plagada de romanticismo– dice que murió en el escenario, cuando interpretaba un personaje de su propia creación en El enfermo imaginario (¡Oh, paradoja!).

Otra versión dice que al sentir extraños dolores en el vientre, decidió dejar la puesta en escena y fue a morir a su casa, unos minutos después de haber pisado el escenario, durante la cuarta función de El enfermo imaginario. Se dice que murió en París, aunque existe la versión de que murió en un pueblo cercano –la cual ha sido desestimada hace tiempo– justo cuando apareció otra dilucidación de la muerte de Moliére, la que cuenta que había muerto en el traslado de una villa cercana a París y su casa, antes de comenzar la función, a causa de una súbita enfermedad. No faltó también – especialmente en el siglo XIX– quien culpara a la Iglesia de la muerte del cómico, y pusiera en la mesa de las explicaciones históricas la tesis de que Moliére había sido envenenado antes de comenzar la función, por parte de un misario del clero.

Mi versión es que el desquiciado cómico francés, poeta de la escena, no agonizó en un mugriento escenario de París; existe su drama, y eso es lo que importa, por encima de las tildes biográficas de especialistas, vive en la memoria de actores, directores, adaptadores, lectores y espectadores. Se exageran las circunstancias en la muerte del dramaturgo sólo para darle a su condición de actor un carácter de exotismo, que no necesita, dada la altura intelectual y el poder de su pluma. No podemos juzgarlo como actor, pero sí como autor, y su muerte sólo es consecuencia de su amor por el teatro, ¿o no?

Otra duda aparece: resulta que su ‘amor por el teatro’ puede ponerse en tela de juicio, y entonces Molière pasaría a la historia –en el mejor de los casos– sólo como un ambicioso. Apologías y efemérides aparte, al parecer (lo dice un filólogo francés en el libro El caso Molière) tampoco podemos celebrarlo como dramaturgo. Denis Boissier, presentó en el 2004 un libro donde indica que Molière no es más que un impostor, y que jamás escribió una obra de teatro.

En El caso Molière, se ofrecen unas 130 conjeturas —no pruebas concluyentes— de que el escritor francés Jean-Baptiste Poquelin habría pagado a Pierre Corneille (1606-1684) para que le escribiera en secreto las obras de la más trascendental y conocida dramaturgia del teatro francés.

MolièreBoissier asegura haber leído más de 300 textos y libros sobre ambos dramaturgos y llega a la conclusión de que la atareada vida de Moliére, en pleno siglo XVII, y su falta de estudios, son totalmente incompatibles con el número y el calado de las obras de teatro que se le atribuyen. Se apoya en la ausencia de trazas manuscritas de las obras o al menos correspondencia que atestigüe el proceso de creación. 'Molière no escribió nada en toda su vida", afirma Boissier, "y el rey Luis XIV, que no era tonto, dudaba mucho de que éste tuviese el tiempo de escribir, puesto que pasaba sus días actuando, dirigiendo las obras, organizando las giras provinciales de su compañía y divirtiéndose'. ¿Cómo es posible que Molière produjera tantas obras en tan poco tiempo? ¿Por qué Poquelin decidió adoptar de repente este pseudónimo tras pasar seis meses en Ruán, donde vivía Corneille? ¿Por qué este último nunca se pronunció sobre la obra de su colega?, son algunas de las paradojas que Boissier explora en su obra. Lo que Boissier afirma echaría por tierra la imagen del gran autor dramático, libertino y genial, que la Revolución francesa encumbró por sus manifestaciones anticlericales y ese desparpajo para hablar contra la burguesía francesa.

Es probable que sea Molière el más importante escritor francés y sin duda uno de los dramaturgos más sobresalientes de la historia, sin embargo, esta propuesta histórica sobre la veracidad de su estampa provoca desconcierto entre sus admiradores (yo entre ellos). Por fortuna, Alain Niderst, profesor universitario experto en Molière, considera que la tesis está ‘despojada de credibilidad y de toda prueba formal’ y que Corneille nunca tuvo la visión cómica del autor de El Tartufo o El enfermo imaginario, pero consiente que el libro ‘abre un problema interesante’. Quizá el problema reside justamente en la condición de dramaturguista de Molière (es decir, un tipo que escribe desde la escena y corrige según los planteamientos y necesidades de un grupo actoral específico), porque antes que ser un dramaturgo convencional (como hoy se dice, de gabinete) que entregaba los textos a compañías establecidas, se trataba de un actor, quizá poco instruido, pero con una gran olfato escénico, y mucha intuición para los desarrollos cómicos. Quizá este sea el problema que origina la confusión histórica.

Lo cierto es que las indagaciones de Boissier se apoyan en la ausencia de cartas y manuscritos, de referencias bibliográficas en la época y de una larga suma de desconfianza de autores varios en el último siglo, además de que alega complicidad entre Molière y la corte (‘era un protegido del rey’) para invitar a la sospecha. Ya en 1919 el poeta Pierre Loüys escribió: 'no es el estilo de Corneille, sino la firma de Molière la que necesita de pruebas'. Una polémica a la que no han sido ajenos otros grandes del teatro, como el propio Shakespeare, en quienes algunos expertos han visto sólo la figura y el nombre de la obra dramática de Francis Bacon.

¿Existió el Molière dramaturgo o sólo celebramos al director de escena y actor? ¿Y cuándo y por qué ocurrió verdaderamente su muerte? ¿Pudo ser el propio Pierre Corneille harto de la fama ajena?


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DATOS DEL AUTOR:

Enrique Olmos de Ita (Llanos de Apan, Hidalgo, México. 1984). Es dramaturgo, narrador y crítico de teatro en Milenio diario.

Está publicado en varias antologías de dramaturgia y cuento contemporáneo, entre ellos los trabajos No ganarás (Tierra Adentro-Centro Cultural Helénico) , Últimas simientes (Universidad Nacional Autónoma de México) Un curso de milagros (Cd rom–Dramaturgos mexicanos) Ciudad catorce (Ficticia) Huelga de bebés y Exaudi quaesmus Dómine (Fonca) y Perla triste (Letras pachuqueñas), además del libro La voz oval (Fondo Editorial Tierra Adentro), que contiene seis piezas teatrales.

Becario FOECAH 2004, beneficiario de PACMYC 2006, becario FONCA Jóvenes Creadores 2005-2006, becario por la Fundación Antonio Gala para jóvenes creadores, en España 2006-2007, y del Consejo de las Artes y de las Letras de Québec-FONCA 2007, en Montreal. Radica en Córdoba Omeya, Andalucía, España.

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