Nº.5, marzo de 2007


La escultura del Antiguo Egipto
Remedios García Rodríguez
15/03/2007


 

La estatuaria egipcia es una de las más grandes creaciones de la historia de la civilización, no sólo por el extraordinario número de obras de alto nivel de calidad, sino por la permanencia de este nivel de calidad a través de 3000 años. La escultura surge con un carácter de supervivencia y a la vez utilitario, por entenderse que la estatua era el soporte donde debía encarnarse el Ka. Su eliminación supondría la muerte definitiva y la imposibilidad de disfrutar de la vida eterna. La estatua debía ser sólida, duradera, y no tener salientes para evitar el riesgo de roturas. En cuanto a la técnica, los escultores egipcios no realizaban sus obras a partir de la piedra en bruto, sino de un bloque tallado en forma de prisma, marcando una cuadrícula en sus lados. El danés Julius Lange (1847) descubrió que la ley que seguía la escultura egipcia era la que él llamó, la ley de la frontalidad. Cualquier posición está regida por un plano vertical que se extiende longitudinalmente a lo largo del cuerpo, cortado en dos partes simétricas sin que pueda desviarse o inclinarse a un lado u otro.

Conformadas por un canon, tanto la escultura como el relieve, la medida básica era el puño cerrado. Debía tener dos puños desde la frente al cuello, diez, desde el cuello a la rodilla, seis, desde la rodilla a los pies, y para el pelo, sobre la frente, se añadía un puño, medio o cuarto. Este canon, para la altura no para la anchura, está basado en las explicaciones de Lepsius, (1810) Egiptólogo alemán, que en una expedición a Egipto, descubrió un relieve cubierto por una rejilla de cuadrículas y tras estudiarlo, desarrolló este sistema fijo de proporciones. Otro tipo de canon estaba basado en el codo. Podía ser codo pequeño, que medía desde el codo hasta el extremo del pulgar, al que le correspondía cuatro cuadrados y medio, y codo grande, desde el codo hasta el extremo del dedo corazón, que le correspondía cinco cuadrados y cuarto.

Muchas de las esculturas estaban policromadas, sobretodo, las de madera y caliza. Simbólicamente, al hombre se le revestía con la tonalidad ocre y a la mujer con la tonalidad rosada o blanquecina. El material utilizado era piedra dura, como la dorita, el granito, el basalto y la oxidina, o bien blando, como la caliza y el alabastro. Se usaba también maderas sobre la que se disponía un estuco para conseguir una superficie uniforme. En algunas ocasiones, se incrustaban ojos de cristal y otros materiales que le daban vida a la mirada. La escultura era, generalmente, un arte anónimo por considerarse al escultor como un obrero. Hay excepciones, pero es muy reducida la lista de artistas.

Entre las estatuas aparecen de distintos tipos. Individuales, sentadas con una mano en el muslo y la otra en el corazón, o las dos manos sobre las rodillas, con las piernas dobladas como los escribas, o de pie con la pierna izquierda adelantada. En grupos familiares reales o civiles. El matrimonio se representa de pie, sentado o uno de pie y otro sentado. Normalmente la mujer rodea con su brazo al hombre y, a veces, aparecen con sus hijos, pero sin que transmitan una comunicación.

En el Imperio Antiguo, III-VIII Dinastías, la evolución de la escultura se percibe a través de distintas estatuas. La Estatua de Zoser III se encontró en su serdab, en el ángulo nordeste de la pirámide escalonada de Sakarah. Está realizada en caliza y fechada en la III Dinastía. Allí estaba el rey sentado en la oscuridad, en su gabinete privado. Sólo dos orificios redondos abiertos a la altura de los ojos lo relacionaban con el mundo exterior. A través de estas aberturas, el rey podía percibir los aromas del incienso y sus ojos de cristal perderse en el vacío. Se representa con los dedos de la mano izquierda juntos y descansando sobre la rodilla, y el brazo derecho en ángulo recto y extendido sobre el pecho. Tiene peluca en la cabeza, klaft o nemes y barba postiza. Ojos de cristal incrustados en cuencas de cobre. Hierático, inexpresivo, con mirada altiva y serena. Sirvió como prototipo de las siguientes representaciones. Es la primera estatua conmovedora del arte egipcio. Su imagen está en la línea de la conquista de la representación humana como forma más alta de arte.

Estatua del faraón Zoser III       Estatua del faraón Zoser III       Estatua del faraón Zoser III

La IV Dinastía intensifica la producción de estatuas reales. Mientras la Estatua de Zoser se encontraba en la tumba y estaba destinada a no ser vista, ahora las estatuas salen de la oscuridad de los sepulcros para celebrar la luz del sol, el poder del faraón.

2.	El Príncipe Rahotep y su esposa NefretA la IV Dinastía pertenecen las dos famosas estatuas sedentes del príncipe Rahotep y su esposa Nefret, de 120 cms, hoy, en el museo del Cairo. Fueron encontradas en una mastaba de Médium por Mariette (1821), arqueólogo francés, fundador del servicio de antigüedades de Egipto. Ambos tienen los ojos incrustados. El cuerpo del hombre es más geométrico y de color rojo, mientras que el de la mujer es más suave, de líneas curvas y de color amarillo dorado. Se trata de cristal de roca, rodeados de ébano, con apariencia de maquillados. Es la perfección más completa en los umbrales del arte.

Esfinge de GizehLa monumental Esfinge de Gizeh, cuyo rostro posiblemente sea un retrato del faraón Kefrén, de la IV Dinastía, proviene del templo funerario de Gizeh. Es la estatua más clásica y representativa de todo Egipto. Sedente en el trono, apoyando sus antebrazos en los muslos, una de las posturas canónicas de la estatuaria egipcia, está hierático, idealizado con una sonrisa, la cabeza protegida por el dios Horus en forma de halcón de alas abiertas. La obra constituye un punto de llegada en el modo de representar al soberano, un modelo que los siguientes dos mil años sufrirá muy pocas modificaciones. Está esculpida en piedra diorita. Desde un punto de vista del tratamiento plástico, un largo camino separa la estatua de Zoser de la de Kefrén. Está tallada con una simplicidad admirable. Sus ojos, fijos, abiertos, escrutan la aurora de un horizonte más lejano que nuestro horizonte terrestre. Las terribles mutilaciones que ha sufrido agrandan todavía más los ojos de la esfinge. A veces, las arenas del desierto la cubren hasta medio pecho, pero la cara, siempre erguida, continúa mirando al confín del universo astral. Su pecho, atravesado por las venas horizontales de la piedra al descomponerse, es más emocionante en su misma destrucción.

Las Tríadas de Mikerino, también pertenece a la IV Dinastía. De 98 cm, se encontraron en el templo de Gizeh. Son varios grupos escultóricos de esquito, de características similares, que representan, en imágenes de gran solemnidad, al faraón, acompañado de la diosa Hator y de otra figura femenina, esta, personificación de una provincia. No todos los grupos son igualmente bellos. El faraón en el centro, va tocado con la corona blanca y lleva el faldellín plisado y la barba cuadrada postiza, propios de la celebración de festivales. A la derecha, la diosa Hator, vestida con larga túnica y tocada por el disco solar, a la izquierda del rey, la representación de un nomo con indumentaria similar a la de Hator. La diosa y el nomo abrazan por la espalda al faraón en actitud protectora. En estas tríadas los dioses se humanizan y los humanos se convierten en dioses. Estos grupos escultóricos son la mejor expresión del descubrimiento de la belleza femenina y nunca con tanta fuerza había actuado el eje vertical como elemento constitutivo de la composición de un grupo familiar. La mujer lleva una túnica blanca, que deja entrever su anatomía, un collar y una diadema. En cambio, el hombre sólo lleva un faldellín con el torso desnudo. Característica de esta estatua es la barba del faraón, algo inusual. Ambos tienen los ojos de piedra y cristal de roca, rodeados de ébano con igual apariencia de maquillados.

4.	Triada de Micerino, Siglo III a.C., Museo del Cairo             5.	Micerinos con su esposa la reina Khamerernebti II

La producción de estatuas de servidores se inicia al final de la IV Dinastía. De pequeño tamaño, de caliza o madera policromada, reproducen una serie varadísima de alfareros, molineros, artesanos pescadores, soldados del pelotón y otros oficios. Se disponen en la tumba para la mejor vida del difunto y garantizar los servicios que este necesitara. Son de carácter realistas, aunque con peor terminación que las de los faraones.

En la V Dinastía se da vida a la mejor producción de estatuas de personajes privados del Imperio Antiguo. Las imágenes de distintos difuntos nos ofrecen un interesante repertorio de tipos humanos de la época. Individualizan perfectamente el personaje representado, y en el caso de los escribas, simbolizan directamente las tareas de su oficio. Entre ellas están las representaciones escultóricas del Escriba Sentado, en París, Museo del Louvre, en piedra calcárea pintada. Presenta al difunto sentado, con las piernas cruzadas y el papiro extendido sobre ellas en actitud de escribir al dictado. La clave de esta obra maestra del arte egipcio está en el rostro. La tensión que desde los ojos atentos comunica al resto del cuerpo, mientras aguarda a que su señor inicie el dictado. Otros personajes aparecen de pie, en solitario, como la de Ka-Aper, más conocido por el Alcalde del Pueblo, o Cheik-el- Beleb, el Cairo, Museo Egipcio, esculpido en madera y con los ojos incrustados. El retrato funerario del difunto se ha hecho popular en la historia por el apodo que le dieron los árabes que trabajaban para el arqueólogo francés Mariette, que fue quien lo descubrió en Sakara.

7.	Escriba sentado, 2480-2350 a. C., Musée du Louvre, París          8.	Alcalde, 2480-2350 a.C., Museo del Cairo          Enano Seneb y su familia

Un grupo familiar interesante es el del Enano Seneb y la Familia, el Cairo, Museo Egipcio, sacerdote del templo funerario de la IV Dinastía, de Keops. No es una escultura idealizada, sino que tiene una curiosa composición. Los esposos aparecen sentados sobre un banco corrido. La mujer abraza cariñosamente a Seneb que tiene sus piernas cruzadas sobre el asiento. Delante de él, en la parte inferior del banco, se ha representado a los dos hijos de la pareja, justo en el espacio que las piernas de Seneb hubiese ocupado si su cuerpo hubiese sido de estatura normal.

En el Imperio Medio, XI-XVII Dinastías, se perpetúa la herencia del Imperio Antiguo, aunque con una voluntad de análisis realista, impensable en las esculturas de los faraones. Un ejemplo de ello es la Escultura de Mentuhotep II, XI Dinastía, cuyas piernas totalmente desproporcionadas con respecto al cuerpo, describen una situación patológica. Es la más característica. Está representado con la corona roja del bajo Egipto y túnica blanca, típica del festival del Heb-Sed.

Estatua bloque y estela de Sahathor. Altura de la estela, 112 cm., 1878 a. C., Museo Británico cm. Procedente de Abydos.La estatua del Faraón Sesostris I, de la XII Dinastía, mejor momento de la estatuaria de este periodo, se representa al igual que todos, con cuerpo vigoroso y con las mismas atribuciones, aunque con cara más dulce. En la Estatua Sesostris III, la búsqueda realista se evidencia con más claridad. Los rostros tienen arrugas y las órbitas hundidas, casi poniendo en duda el sentido de la inmutable eternidad de su poder.

En esta época, se crea un nuevo tipo escultórico, las llamadas estatuas cubo, en las que los cuerpos se reducen a sus formas más simples. Sentados con los brazos cruzados sobre las rodillas que se disponen a la altura de los hombros, envueltos en una túnica que sólo deja descubierta cabeza, manos y pies. Las esculturas de servidores, ejército de soldados y portadores de ofrenda, siguen produciéndose, aunque aparecerán con más abundancia en el Imperio Nuevo. Un ejemplo interesante es la estatua del Tesorero Shatho.

arquitecto SenemuntEn el Imperio Nuevo, XVII-XX Dinastías, la escultura sigue alejada de la idealización para conseguir una reproducción más realista. Se gana también en soltura y en libertad, hasta donde se lo permitía su carácter oficial, se estilizan los cuerpos y las actitudes se hacen más flexibles. La producción estatuaria está entre las más amplias y diversificadas de toda la antigüedad. Imágenes esculpidas de dioses, reyes y ciudadanos privados invaden templos y tumbas expresando nuevas y variadas tipologías con respecto a las tradicionales, en un florecimiento artístico sin precedentes. Al inicio de este periodo que se examina, se remontan los Retratos de la Reina Hatshesut. Revelan un fuerte interés por la individualización del rostro, aun respondiendo en muchos aspectos a intentos de idealización. Hatshesut, de facciones correctas, le sentaba perfectamente el Klaft o tocado faraónico. El arquitecto Senemunt, artífice del templo funerario de Hatshesut, en Deir el-Bahari, se representa con una estatua cubo de la que aflora la cabeza de la Princesa Neferura, Museo de Berlín, también presente con él en otros grupos. Tan segura estaba la reina de su fiel arquitecto, que le que le confió la educación y el cuidado de su hija.

Con el reino del Amenofis II, el anonimato idealizante de los retratos regios de comienzos de la Dinastía XVIII, es sustituido gradualmente por retratos más individualizados.
El punto culminante de la evolución hacia el retrato realista es la cabeza del Retrato de la Reina Tiye, gran esposa real de Amenofis III. Las facciones que en el relieve de la estela aparecen embellecidas, se presentan sin idealización alguna en esta cabecita. Las comisuras de los labios forman surcos profundos curvados hacia abajo. Los ojos almendrados rebasan las órbitas. Los pómulos se destacan claramente por debajo de la piel, ya un tanto flácida. Este retrato parece desentenderse de las convenciones del arte egipcio, de modo que el observador llega a sentirse en situación incomoda, expuesto a la mirada de la reina.

Cabeza de la reina Tiye      Los Colosos de Memnón

Thutmosis, arquitecto de Amenofis III, XVIII Dinastías, aparece en posición de escriba, es decir, de hombre culto, en dos estatuas, hoy en el Cairo que se encontraron en el templo de Amón en Karnak. Amenofis III construyó un templo en el llano de Tebas, hoy desaparecido, excepto los dos colosos que flanqueaban la puerta de entrada. Los griegos le llamaron Los Colosos de Memnón. Son verdaderamente colosales. Tienen cerca de veinte metros de altura. En la base de los colosos se repite la palabra costosa o cara, refiriéndose a la piedra cuyo traslado desde las canteras del Bajo Egipto debió ser así, costosísimo.

Los retratos de Amenofis IV, que pasa a llamarse Akhenatón, el placer de Atón, llamado su reinado periodo de Amarna, nos muestran un hombre de cabeza oval, de hombros exiguos y vientre saliente, sin condicionarse por la necesidad de ser glorificado. Soberano, lleva el sello del absoluto naturalismo. Es una obra revolucionaria, debido a que la figura tiene las piernas rectas con las rodillas tendidas. El ademán de movimiento de la estatua de pie en actitud de caminar, se ha convertido en un esfuerzo vacilante, en un tímido intento de mantener el equilibrio.

Akenatón         Nefertiti

En el taller del arquitecto del rey, Thutmosis, se hallaron las que quizás sean las piezas más representativas de este período. Nos referimos a la fantástica colección de retratos, tanto reales como privados, a la que pertenecen el bello Busto de Nefertiti, depositado en Berlín, desde comienzos del siglo XX, después de que fuera encontrada en excavaciones dirigidas por el arqueólogo y arquitecto alemán, Ludwig Borchardt (1863), en 1912. La reina está tocada por un alto casquete cónico que estuvo adornado con el uraeus, símbolo de la soberanía. Sus facciones son finas, su cuello elegantemente alargado. La policromía ofrece detalles ornamentales como el collar, el color de sus labios, los ojos perfilados y las cejas retocadas. Es una obra de fama mundial. De construcción perfectamente simétrica, fue reducida a busto debido a su función de modelo, hecho que explicaría la ausencia de incrustaciones en el ojo izquierdo. La enorme popularidad que alcanzó, al poco tiempo después de ser expuesto en el Neues Museum de la isla de los Museos de Berlín, se debe probablemente al hecho de que coincidiera con el ideal femenino austero y distanciado que predominaba en los años veinte.

Busto de Ramses II, Museo de TurínEl reinado de Ramsés II, XIX Dinastía, duró cincuenta años. Dejó un recuerdo tan glorioso que los monarcas de la XX Dinastía que no eran de su linaje, quisieron llamarse todos, sin excepción, también Ramsés. El arte del ‘renacimiento ramésida’ evidencia con mayor claridad que las épocas anteriores, la polaridad entre tradición e innovación. La suave fluidez de los atuendos y el delicado modelado de los cuerpos, son, inconfundiblemente, ramésidas. Mientras que la estructura formal del grupo conserva su rigor. Existen varios retratos del gran Ramsés transfigurado en majestad o en los relieves históricos, aplastando a los vecinos, pero ninguno puede competir con el Retrato del Museo de Turín. Allí, Ramsés, en traje de gala, no lleva el antiguo tocado, sino un elegante casco de malla de oro con el uraeus en la frente. No va tampoco desnudo, como era casi ritual para un faraón en oficio, sino con una túnica plegada de lino fino, maravillosamente transparentando algo del cuerpo. De entre sus reinas, la preferida es Nefertari que le acompaña en la estatua de Turín y en otras estatuas reales. Otros retratos de Ramses II, en Abú Simbel, encontramos esculpidos directamente en la roca, así como los grandes retratos del templo de Karnak y de Luxor. Como Luis XV de Francia, a quien se parece hasta en su fisonomía, añadió al ya presente colosalismo, el triunfalismo en la producción ramésida, afirmando, por última vez, la grandeza oficial de un Egipto, que ya respira aires de decadencia, aunque su historia tenga todavía un milenio ante sí.


Índice iconográfico

1. Estatua del faraón Zoser, 2620 h., Museo del Cairo

2. El Príncipe Rahotep y su esposa Nefret, Museo del Cairo

3. Esfinge de Gizeh, 2600-2480 a.C., necrópolis de Tebas

4. Triada de Micerino, Siglo III a.C., Museo del Cairo

5. Triada de Micerino, Siglo III a.C., Museo del Cairo

6. Micerinos con su esposa la reina Khamerernebti II

7. Escriba sentado, 2480-2350 a. C., Musée du Louvre, París

8. Alcalde, 2480-2350 a.C., Museo del Cairo

9. El enano Seneb y su familia. Caliza pintada. Altura, 34 cm. Procedente de Giza. Museo del Cairo

10. Estatua bloque y estela de Sahathor. Altura de la estela, 112 cm., 1878 a. C., Museo Británico cm. Procedente de Abydos.

11. Arquitecto Senemunt, estatua cubo de la que aflora la cabeza de la Princesa Neferura, Museo de Berlín.

12. Retrato de la Reina Tiye, Museos egipcios de Berlín

13. Los Colosos de Memnón 1408-1372 a.C., Necrópolis de Tebas

14. Akenatón, Museo del Cairo

15. Busto de Nefertiti, Museo de Berlín

16. Busto de Ramses II, Museo de Turín


Bibliografía


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- MANNICHE, LISE, El arte egipcio. Madrid.1997 Alianza Editorial. Col. Alianza forma, 141. 584 p

- PIJOAN, José. Summa Artis. Arte Egipcio, Volumen III. Espasa Calpe.Madrid.1992.

- PIRENNE, J. Historia de la civilización del antiguo Egipto. Oceano-Ëxito. Vol. III, 1983. Barcelona.

- WIESNER, JOSEPH, Arte Egipcio. Madrid. 1983 Ediciones Universitarias Nájera. Col. Historia del Arte Universal. 220p

- WILKINSON, RICHARD H.), Cómo leer el arte egipcio. Barcelona. 1998 Grijalbo Mondadori. 232 p.

 

 
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